sábado, 14 de septiembre de 2013
Prohibido tocar
El arte y lo que en una obra de arte se puede proyectar me recuerda a la locura, a un camino como escape para disminuir nuestro sufrimiento diario.
Un camino que solo sirve para caminar, no para llegar.
Pero, ¿cómo llegar sin caminar?
Quedan plasmadas, como en la locura; como cuando enloquecemos, vivencias sin elaborar que requieren de un elemento visual o auditivo en un intento de establecer una ligadura representacional que dé sentido a lo vivido…
Realidad poniendo a prueba nuestra capacidad de crearnos y de re-crearnos.
Sumergida en las profundidades del mar, mirando el fondo del mar, me percato que al fondo no hay mar sino flores, cubiertas por símbolos que me llevaron a la profundidad del mar. Pienso: “Curioso, flores y símbolos; flores que permitieron que el deseo y que la fantasía ‘afloren’.
¡Lo profundo de la sobriedad me atrapa!
Sumergida en un disfrutable buceo me encuentro y me re-encuentro.
Flores cubiertas de acrílicos, como una piel que protege sus suaves pétalos. Piel que todos llevamos puesta y que nos sostiene, nos envuelve, nos protege, limita nuestra individualidad, toca, siente, acaricia.
Acrílicos que dan luz y delimitan el espacio, piel que alivia entre el deseo y la realidad. Acrílicos que llevan historias, cultura, tiempo, sensaciones. Acrílicos que simbolizan desarrollo, cambio, mutación, progreso.
Como una segunda piel, re-cubriendo.
Acrílicos con símbolos que como segunda piel, como envoltura psíquica, recubren lo más profundo, lo más suave, los frágiles pétalos. Acrílicos fuertes, con símbolos de la historia cubriendo suaves flores.
Símbolos como partes de si mismo que se unen representando un todo, un nuevo estado.
Nuevo estado perceptual que invita a un viaje emocional, un viaje con formas astrales que transporta al espacio.
Ese espacio transicional que surge entre el yo y el no yo, irrepresentable, una posesión interna.
Un espacio que no está, que no se mira pero que nos nutre para no quedar como extranjeros de nosotros mismos.
Una zona intermedia entre la experiencia y la realidad interior para entretejer la trama personal y que nuestras flores no marchiten.
Una caracola; espiral, fertilidad, crecimiento, origen, creación…
Una obra de arte nos habla de nosotros, del otro, del creador, de nuestra cultura.
La rozamos, la miramos, la sentimos, la estrujamos, la deseamos, la pintamos, la escribimos, bailamos y nos cachondeamos con el aire que acaricia nuestra piel al mirarla.
Suculento festival de sensaciones que transforma, nos quita la ropa, nos deja desnudos y así; abraza nuestra soledad dando entrada a que el autor toque lo caído en el camino recorrido.
Pero, en este viaje marítimo por un universo de astros florales y símbolos, como en una metáfora, solo el autor puede quitarnos la ropa, desnudarnos y rozar esa piel…